
En el panteón de próceres que el actual Gobierno Nacional intenta invocar para legitimar su "Modernización Laboral", la figura de Domingo Faustino Sarmiento ocupa un lugar central. Se nos dice que volvemos a la Argentina de la Generación del 37, a la era de la Civilización. Pero hay un problema de traducción: el Sarmiento que nos venden viene con la mitad de las páginas arrancadas.
Si en nuestra entrega anterior hablábamos de la Zanja de Alsina como ese límite invisible que hoy separa al trabajador con derechos del "colaborador" precarizado, en esta segunda parte debemos preguntarnos: ¿Es civilizado un proyecto que usa el nombre del Gran Educador para desfinanciar el ascenso social?
Por [Edgardo Vecchio] nota II de III
Si en nuestra entrega anterior hablábamos de la Zanja de Alsina como ese límite invisible que hoy separa al trabajador con derechos del "colaborador" precarizado, en esta segunda parte debemos preguntarnos: ¿Es civilizado un proyecto que usa el nombre del Gran Educador para desfinanciar el ascenso social?
No debemos olvidar un detalle histórico delicioso por su ironía: Adolfo Alsina fue el vicepresidente de Sarmiento, pero un vicepresidente ignorado, aislado y "ninguneado" por el sanjuanino, quien lo prefería lejos de las decisiones de Estado. Irónicamente, Alsina era un político con un enorme carisma popular (lo llamaban "el ídolo de los crudos"). A diferencia de la frialdad tecnocrática que a veces se percibe en las reformas actuales, Alsina tenía una conexión real con las masas de Buenos Aires.
Entonces y volviendo al presente, mientras el gobierno actual invoca a los próceres para aplicar políticas rígidas, incluso los "duros" de aquella época -como Alsina- entendían que el poder se construye con la gente, no solo con planillas de Excel.
Hoy, esa dinámica se repite. La "modernización" parece ser una mesa para pocos donde se ignora la voz de quienes deben ejecutar la tarea o sufrir sus consecuencias. Mientras Sarmiento y Alsina se perdían en sus internas de palacio, la zanja se cavaba en el barro. Hoy, mientras el discurso oficial se pierde en citas de autores austríacos, la verdadera zanja de la exclusión se profundiza en las bases de la sociedad. Sarmiento quería ciudadanos educados; Alsina quería fronteras seguras. El gobierno actual, en una síntesis peligrosa, parece querer fronteras cerradas para los derechos y una educación que deje de ser el motor del ascenso para ser un privilegio de mercado.
La paradoja del "Padre del Aula"
Javier Milei se alinea con Sarmiento en la retórica del orden y el progreso, pero choca de frente con la esencia del sanjuanino. Para Sarmiento, la Civilización no era solo el libre comercio; era, ante todo, el Estado Educador. Sarmiento no quería un Estado ausente; quería un Estado que "educara al soberano" con fondos públicos, edificios monumentales y maestras traídas de Boston.
Hoy, la "Modernización Laboral" actúa como un examen de ingreso a la civilización donde el Estado no pone los libros, sino que retira la red. Mientras Sarmiento veía en la educación pública la herramienta para convertir al "bárbaro" en ciudadano, la lógica actual parece ser que el "bárbaro" debe arreglárselas solo en el mercado, y si no puede, que se quede del otro lado de la zanja.
Resulta casi sarcástico observar cómo se invoca la figura de quien hizo de la educación común y gratuita una política de Estado, mientras se asfixian las universidades y se propone un sistema de "vouchers" que fragmenta la sociedad.
Sarmiento entendía que la verdadera Barbarie no era la pobreza en sí, sino la ignorancia y la falta de oportunidades que el mercado, por sí solo, jamás iba a resolver. Para el gobierno actual, la barbarie es el "gasto público" en educación y ciencia. Para Sarmiento, ese gasto era la inversión más sagrada de una nación que pretendía ser moderna.
La dureza con la que se aplica la Ley N° 27.802 revela la verdadera intención detrás del parangón histórico. Se toma de Sarmiento la severidad contra lo que consideran "arcaico" (los sindicatos, los convenios colectivos), pero se desecha su pasión por la construcción de lo público.
Estamos ante un Sarmiento amputado. Un Sarmiento al que le quitaron el guardapolvo blanco y le pusieron un traje de ajustador de cuentas. Si la civilización consiste en tener las cuentas públicas en orden mientras las escuelas se caen y el trabajador pierde su derecho al descanso y a la indemnización justa, quizás debamos empezar a llamar a las cosas por su nombre: lo que nos proponen no es el progreso del siglo XIX, sino una forma muy tecnocrática de barbarie.