
Esta nota cierra el círculo de esta saga sobre la supuesta Modernización Laboral:
Si Sarmiento es el prócer que el Gobierno usa para la foto de la "civilización", Juan Bautista Alberdi es el arquitecto intelectual al que acuden para justificar el desamparo. El autor de Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina es el nuevo evangelio de una gestión que lee la libertad de manera unidireccional.
Por Edgardo Vecchio
Nota III de III
Para el Gobierno Nacional, invocar a Alberdi es invocar la libertad económica absoluta. Pero hay un "Alberdi laboral" que la Ley N° 27.802 parece interpretar de forma cruel: la libertad de contrato entre desiguales.
En la visión alberdiana original, la libertad era el motor para poblar un desierto. En la visión de la "Modernización Laboral" actual, la libertad es la potestad del empleador de dictar las reglas de un juego donde el trabajador no tiene fichas. ¿Es libertad elegir entre un "banco de horas" extenuante o el abismo del desempleo? Para Alberdi, "gobernar es poblar"; para esta reforma, gobernar parece ser "ajustar".
Hemos pasado por la Zanja de la exclusión (Nota I) y por el Sarmiento al que le quitaron la escuela (Nota II). Ahora llegamos a las Bases de un sistema que, bajo el nombre de Alberdi, pretende desmantelar la justicia social tratándola como una "aberración colectivista".
El parangón es sarcástico pero doloroso: Alberdi buscaba atraer inmigrantes con la promesa de una tierra de oportunidades. El gobierno actual, usando su nombre, parece querer expulsar a los trabajadores del sistema de protección que los hacía ciudadanos. Si la libertad que nos proponen es la de negociar individualmente contra un gigante corporativo, no estamos ante las "Bases" de una nación, sino ante las bases de un nuevo feudo.
Al final del camino, los tres nombres —Alsina, Sarmiento y Alberdi— son usados como escudos humanos para una política de dureza extrema. La "Modernización" no es un viaje al futuro, sino un regreso al desierto del siglo XIX, pero sin la épica de la construcción nacional. Solo queda el desierto de derechos, la zanja que nos separa y un libro de Alberdi usado para justificar que, en el mercado, el más débil siempre debe pagar la cuenta.
En la cúspide de esta "Modernización Laboral", el Gobierno Nacional ha erigido un altar a Juan Bautista Alberdi. Pero detrás del incienso liberal, lo que se esconde es la estafa retórica más grande de nuestra historia reciente. Milei llegó al poder denunciando las "falacias" de la casta, pero hoy su gestión se sostiene sobre un embuste monumental: la idea de que un tipo que va a laburar ocho horas en un depósito puede "negociar libremente" sus condiciones de vida con una multinacional o un empresario que tiene el poder de dejarlo en la calle con un mensaje de WhatsApp.
Gobernar con la mentira
Dicho en buen argentino: nos están tomando por boludos. Nos hablan de la "libertad de contrato" como si fuera un encuentro entre iguales en un café de la Recoleta, cuando en realidad es la libertad del zorro en el gallinero. Acusan de "mentirosos" a sus enemigos mientras ellos te dicen, sin ponerse colorados, que sacarte la indemnización es "para protegerte" y que el banco de horas es para que "dispongas de tu tiempo". Es la perversión absoluta del lenguaje: te están atando las manos y te dicen que es para que no te canses de moverlas.
Las falacias del espejo
El Presidente suele señalar con el dedo las "mentiras del colectivismo", pero su Ley de Modernización es un festival de falacias. Dicen que esta ley va a crear empleo, pero lo único que crea es inseguridad. Dicen que es "moderno" volver a un esquema de finales del siglo XIX donde el trabajador no era un sujeto de derecho, sino un costo a reducir.
Usar a Alberdi para justificar que un pibe no pueda cobrar su sueldo en una billetera virtual o que tenga que trabajar 12 horas si el patrón se lo pide "amablemente" bajo amenaza de despido, no es liberalismo. Es, llanamente, la viveza criolla aplicada al Boletín Oficial.
El desierto de la verdad
La "verdad" de Milei resultó ser una verdad selectiva. Su "superioridad estética y moral" se termina donde empieza el hambre del que menos tiene. Al final de la saga, lo que queda claro es que la famosa "motosierra" no era para los privilegios de la política, sino para cortar los hilos que sostenían la poca dignidad que le quedaba al trabajador argentino.
Nos venden el siglo XXI con las ideas del XIX, mientras nos miran a la cara y nos mienten. El problema no es que ellos crean que son los dueños de la civilización; el problema es que creen que nosotros todavía no nos dimos cuenta de que su "civilización" es, en realidad, un regreso a la barbarie del desamparo.
"En este teatro de sombras que llaman 'Modernización', el libreto es tan viejo como el hambre. Usaron la pala de Alsina para cavar una fosa que separa a los ciudadanos de los descartables; le arrancaron el guardapolvo a Sarmiento para disfrazar de 'progreso' el desfinanciamiento del futuro, y manosearon las Bases de Alberdi para vendernos que la esclavitud de las doce horas es, en realidad, un acto de libertad.
Al final, la famosa superioridad moral resultó ser una 'avivada' de manual: nos acusan de bárbaros por querer defender el plato de comida, mientras ellos, desde el púlpito de la civilización corporativa, nos mienten en la cara con la impunidad del que cree que el pueblo es boludo. Pero la historia no se equivoca: se puede gobernar con falacias y se puede ajustar con crueldad, lo que no se puede es esconder para siempre que, detrás de tanto ruido de motosierra, lo único que queda es un desierto de derechos y un país que se cae pedazo a pedazo al fondo de su propia zanja.
Hete aquí un recorrido por la historia, las falacias y la exclusión, para terminar con el portazo retórico que ellos mismos usan.
COMO DIRÍA EL DESLOMADO JEFE DE GABINETE: FIN